sábado, 1 de diciembre de 2007

Teníamos un pequeño olivar en la ladera de un monte frente a la casa, separado por un camino vecinal por donde de vez en cuando transitaba algún caminante que iba o venia de la sierra al pueblo, normalmente con caballerías cargadas con productos del campo que vendían o trocaban por artículos de los que carecían en sus lejanos lugares de origen: herramientas, tejidos, café, azúcar, etc, etc. Casi siempre iban cantando y jamás dejaban de saludar al cruzarse con otro viandante y cuando pasaban por delante de nuestra casa, a veces, paraban para refrescarse con un trago del botijo, siempre rezumante de agua fresca que estaba colgado a la sombra del cobertizo, echaban una parrafada y continuaban su camino. Eran gentes de escasísima cultura pero sencillas, nobles, humildes y muy respetuosas. A mi padre todos le llamaban Don José, le hacían preguntas y le pedían consejos sobre asuntos de papeleos, pleitos y cosas que ellos desconocían, le quedaban muy agradecidos y en alguna ocasión nos obsequiaban con algún presente

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