sábado, 1 de diciembre de 2007


En la parte baja del camino había un trozo de terreno de secano de unos 300 m. de largo por 40 de ancho, a esto le llamábamos “el calar” y era donde normalmente se sembraban los cereales y las legumbres: trigo, cebada, garbanzos y lentejas.
En el mismo lindero con el vecino apodado “El Ciaco” había una gran encina productora de dulces y sabrosas bellotas, desde ahí partía un pequeño sendero que conducía a la casa, ésta era tan pequeña que solo contenía dos dependencias: nada más entrar se encontraba el comedor-sala de estar en donde había una rudimentaria chimenea que hacía las veces de cocina y calefacción; como mobiliario una tosca mesa de madera, unas cuantas sillas con asientos trenzados de cuerda y estanterías por las paredes llenas de platos, cazuelas, sartenes y otros diversos utensilios; Aquí solo permanecíamos cuando hacia mucho frío, mi padre encendía una gran fogata en la que nos acurrucábamos a su alrededor y mi madre cocinaba sabrosos pucheros de variados guisos y potajes, en ocasiones se preparaba alguna torrada con carne, panceta, chorizos, morcillas y otras riquísimas viandas que nos sabían a gloria.

En ocasiones mi padre nos leía aventuras de Julio Verne y nos contaba historias de terror a la luz del candil que a mí me ponían los pelos de punta y me iba a la cama con más miedo que vergüenza.

La segunda dependencia hacía las veces de dormitorio y despensa, ya que aquí se guardaba todo aquello que servía para comer: bajo las camas metían el grano y frutos secos, en un rincón había una serie de tinajas de distintos tamaños con la matanza en conserva, garrafas con aceite, otras con vino y una muy grande para conservar el pan, que cada dos semanas se preparaba una gran hornada que a su vez, también se elaboraban dulces y diversas pastas típicas del lugar, ese día era sumamente especial porque nos poníamos morados de pan caliente y pastas recién salidas del horno. Me encantaba jugar con un trozo de masa con la que hacía variadas figurillas que metía en el horno y después me las comía.
De las vigas del techo que casi se podían tocar con las manos colgaban grandes racimos de uvas, granadas, membrillos, melones, chorizos, jamones, ristras de pimientos, ajos y tomates secos; en las paredes había una serie de estanterías en las que se colocaban los tarros con las conservas que preparábamos con los productos cosechados de la huerta: mermeladas de todo tipo, pisto, pimientos asados, tomate natural y frito, envinagrados, etc.
Dormir en aquel lugar era como estar en un gran almacén de variados olores y esencias, que sin llegar a molestar, hasta te ayudaban a conciliar el sueño.

A la derecha de la casa había una era donde se trillaban los cereales, se aventaban cuando el viento soplaba de forma adecuada y después de limpiar el grano se metía en sacos para llevar al molino o para guardar. Algunos días de mucho bochorno el viento se negaba a soplar y permanecíamos impasibles bajo el porche sin poder hacer nada; Por el contrario, ( en raras ocasiones) el viento soplaba demasiado fuerte o aparecía una de aquellas típicas tormentas de verano y todos corríamos a cubrir la mies para que no se mojara.

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