sábado, 1 de diciembre de 2007

He pensado poner el presente título a este puñado de páginas porque quiero dedicarlo a todos mis descendientes, para que en un futuro puedan perder un poco de su tiempo libre en leer estas líneas en las que quiero dejar constancia sobre algunos pasajes de mi vida. Desde donde alcance mi memoria y hasta que ésta me falle.
Anécdotas y curiosidades diversas que posiblemente os hagan reír, pasar un buen rato y al mismo tiempo podáis conocer las distintas etapas por las que he pasado y vivido.


Sóller, (Mallorca) Diciembre 2004

PRIMERA PARTE

INFANCIA Y PUBERTAD

Hasta los dieciséis años en Villacarrillo y Mogón

Al finalizar la Guerra Civil Española en 1,939 y debido a las participaciones que mi padre había prestado a las tropas del General Franco fue condecorado y nombrado Jefe Local del Movimiento y Alcalde de VILLACARRILO.

Este fue el lugar donde mi madre me trajo a este Mundo en una calurosa tarde del día 5 de julio de 1.940.

VILLACARRILLO: Municipio de España en la provincia de Jaén, situado en las lomas de Úbeda a 89 km. De la capital, contiene 9 municipios y en aquella época tenia unos 50,000 habitantes, de los que en la actualidad, debido a la gran masa de inmigración por la carencia de trabajo quedan bastante menos. (Unos diecisiete mil

Aquí es donde viví durante mis primeros 14 años, alternando con la pequeña villa de Mogón que se encuentra a ocho kilómetros en donde pasábamos largos periodos de tiempo en una pequeña finca que mi padre adquirió para (su reposo y disfrute) de la tranquilidad del campo y en contacto directo con la Naturaleza.
Se encuentra a unos tres kilómetros del pueblo y está situada en el centro de un pequeño y precioso valle, surcada por el río Alguacebas (afluente del Guadalquivir, que en tiempo de los árabes se denominó GUADELCEBAS , según dicen significa “RIO DE LOS PECES”) que desemboca en éste por el centro del villorrio dividiéndolo en dos barriadas pegadas a sus márgenes y viviendas diseminadas, con pequeñas huertas donde se cultivan todo tipo de hortalizas, multitud de árboles frutales y rodeada de montes plantados de olivos perfectamente alineados desde donde se divisa a lo lejos la escarpada Sierra de Las Villas.
Vista panorámica de Mogón
Vista parcial de Mogón y rió Guadalquivir en invierno

Los habitantes del lugar lo denominaron “LOS HUERTOS DE VALENCIA” por su benigno clima mediterráneo, con nieves perpetuas en sus altas cimas y un calor bochornoso en los meses de verano sobre las lomas, pero precisamente en este valle reinaba un maravilloso clima templado, en donde no bajaba de los diez grados centígrados en pleno invierno ni superaba los 30 en verano. Las primaveras y los otoños eran muy agradables y sobretodo saludables para la enfermedad que sufría mi padre de tipo cardiaco. Con este clima la tierra producía toda clase de hortalizas y proliferaban rápidamente una gran variedad de árboles, desde encinas, pinos y castaños, infinidad de árboles frutales y hasta naranjos y limoneros. Su fauna era también muy variada: aves de todas clases surcaban los azules cielos y se posaban en la flora formando en ella sus preciosos nidos: águilas, buitres, cernícalos, perdices, tórtolas, palomas, zorzales, jilgueros, ruiseñores, lavanderas,... entre otras. Las especies de mamíferos presentes son: Cabra montés, jabalí, zorro, nutria, jineta, comadreja, tejón, liebre conejo, y hasta de vez en cuando se podía admirar algún ciervo o venado que se acercaban a beber agua a los remansos del río y a pastar en los sembrados cercanos a los linderos de su territorio, siempre con la precaución y el temor de que algún desaprensivo, para defender sus cosechas arremetiera en alguna ocasión con su escopeta para ahuyentarlos a sabiendas de que estaba totalmente prohibido para proteger la fauna, cosa que no ocurrió con el oso que habitaba en la altas cumbre de la Sierra de Las Villas, especialmente en una zona denominada “la osera”, donde mi padre en sus muchas excursiones los pudo presenciar en más de una ocasión y quedaron totalmente extinguidos por los cazadores furtivos.

Nosotros le pusimos el nombre de “El Cortijillo”. Ya sabéis que en Andalucía a una finca con una o varias dependencias se le llama “Cortijo”. Normalmente estas fincas son de grandes extensiones, con tierras de cultivo, olivares y cotos de caza, tienen todo tipo de animales domésticos y en algunas poseen ganaderías de toros bravos y cría de caballos.
Alrededor de una gran casa están situados los establos y otras dependencias para aperos. También se encuentran las viviendas de los trabajadores o “cortijeros”, que en ocasiones reúne hasta una docena de familias cuyos miembros colaboran en las diversas faenas de la finca, la nuestra era tan sumamente pequeña, que no llegaba ni a la categoría de “cortijillo”.
Estos cortijos normalmente se encontraban alejados de las poblaciones, no había escuela ni asistencia sanitaria, al médico se le avisaba o se llevaba al enfermo hasta el dispensario más cercano, los niños no asistían a la escuela y es por eso el alto nivel de incultura entre estas pobres gentes, todos trabajaban, hasta los menores de muy corta edad que ayudaban en algunas faenas del campo y de la granja.

No recuerdo con exactitud la extensión que tenia nuestro “cortijillo” pero jugué y lo recorrí infinidad de veces, lo conocía palmo a palmo, sabía donde se encontraba cada mata, cada piedra, todos sus recovecos y escondites trepando a menudo a todos los árboles que en él había plantados en busca de nidos o frutas maduras.
Teníamos un pequeño olivar en la ladera de un monte frente a la casa, separado por un camino vecinal por donde de vez en cuando transitaba algún caminante que iba o venia de la sierra al pueblo, normalmente con caballerías cargadas con productos del campo que vendían o trocaban por artículos de los que carecían en sus lejanos lugares de origen: herramientas, tejidos, café, azúcar, etc, etc. Casi siempre iban cantando y jamás dejaban de saludar al cruzarse con otro viandante y cuando pasaban por delante de nuestra casa, a veces, paraban para refrescarse con un trago del botijo, siempre rezumante de agua fresca que estaba colgado a la sombra del cobertizo, echaban una parrafada y continuaban su camino. Eran gentes de escasísima cultura pero sencillas, nobles, humildes y muy respetuosas. A mi padre todos le llamaban Don José, le hacían preguntas y le pedían consejos sobre asuntos de papeleos, pleitos y cosas que ellos desconocían, le quedaban muy agradecidos y en alguna ocasión nos obsequiaban con algún presente

En la parte baja del camino había un trozo de terreno de secano de unos 300 m. de largo por 40 de ancho, a esto le llamábamos “el calar” y era donde normalmente se sembraban los cereales y las legumbres: trigo, cebada, garbanzos y lentejas.
En el mismo lindero con el vecino apodado “El Ciaco” había una gran encina productora de dulces y sabrosas bellotas, desde ahí partía un pequeño sendero que conducía a la casa, ésta era tan pequeña que solo contenía dos dependencias: nada más entrar se encontraba el comedor-sala de estar en donde había una rudimentaria chimenea que hacía las veces de cocina y calefacción; como mobiliario una tosca mesa de madera, unas cuantas sillas con asientos trenzados de cuerda y estanterías por las paredes llenas de platos, cazuelas, sartenes y otros diversos utensilios; Aquí solo permanecíamos cuando hacia mucho frío, mi padre encendía una gran fogata en la que nos acurrucábamos a su alrededor y mi madre cocinaba sabrosos pucheros de variados guisos y potajes, en ocasiones se preparaba alguna torrada con carne, panceta, chorizos, morcillas y otras riquísimas viandas que nos sabían a gloria.

En ocasiones mi padre nos leía aventuras de Julio Verne y nos contaba historias de terror a la luz del candil que a mí me ponían los pelos de punta y me iba a la cama con más miedo que vergüenza.

La segunda dependencia hacía las veces de dormitorio y despensa, ya que aquí se guardaba todo aquello que servía para comer: bajo las camas metían el grano y frutos secos, en un rincón había una serie de tinajas de distintos tamaños con la matanza en conserva, garrafas con aceite, otras con vino y una muy grande para conservar el pan, que cada dos semanas se preparaba una gran hornada que a su vez, también se elaboraban dulces y diversas pastas típicas del lugar, ese día era sumamente especial porque nos poníamos morados de pan caliente y pastas recién salidas del horno. Me encantaba jugar con un trozo de masa con la que hacía variadas figurillas que metía en el horno y después me las comía.
De las vigas del techo que casi se podían tocar con las manos colgaban grandes racimos de uvas, granadas, membrillos, melones, chorizos, jamones, ristras de pimientos, ajos y tomates secos; en las paredes había una serie de estanterías en las que se colocaban los tarros con las conservas que preparábamos con los productos cosechados de la huerta: mermeladas de todo tipo, pisto, pimientos asados, tomate natural y frito, envinagrados, etc.
Dormir en aquel lugar era como estar en un gran almacén de variados olores y esencias, que sin llegar a molestar, hasta te ayudaban a conciliar el sueño.

A la derecha de la casa había una era donde se trillaban los cereales, se aventaban cuando el viento soplaba de forma adecuada y después de limpiar el grano se metía en sacos para llevar al molino o para guardar. Algunos días de mucho bochorno el viento se negaba a soplar y permanecíamos impasibles bajo el porche sin poder hacer nada; Por el contrario, ( en raras ocasiones) el viento soplaba demasiado fuerte o aparecía una de aquellas típicas tormentas de verano y todos corríamos a cubrir la mies para que no se mojara.